Joven salvadoreña con discapacidad auditiva se enfrenta al mundo del taekwondo y a la falta de inclusión social

Génesis Castro, una persona no oyente ha adquirido nuevas capacidades practicando Taekwondo, convirtiéndose en la única mujer de las 88,398 personas que poseen una discapacidad auditiva, que aún con su condición práctica este deporte.

Por: Jocelyn Castro


Génesis Castro, realizando ejercicios de estiramiento en el entreno. Foto: Jocelyn Castro

De acuerdo con la “Encuesta Nacional de Personas con Discapacidad 2015”, la tasa de prevalencia al 2015, es del 6.4% del total de la población salvadoreña, indicando que 410,798 personas en El Salvador tienen algún tipo de discapacidad. De ese total de personas con discapacidad 88,398 poseen una discapacidad auditiva, dentro de ese último número se encuentra Génesis, siendo la única mujer que practica el deporte de Taekwondo y además es graduada de diseño gráfico en 2019 de la Universidad Andrés Bello.

Génesis Suhan Castro Mejía, de 23 años, es una joven que perdió su capacidad auditiva por negligencia médica a sus dos años de edad. Sin embargo, no ha sido una limitante para poder realizar sus estudios.

Génesis, comenta con la ayuda de la interpretación de su hermana: “mi familia siempre me ha apoyado, por eso pude ir a la Escuela Cristiana para Sordos desde kínder hasta sexto grado, y luego tuve que asistir al Colegio Dios de Israel, porque la anterior escuela nos manda a incluirnos a la sociedad, yendo a los diferentes centros escolares”, expresa Génesis, concentrada con su lenguaje de señas.

Toma su celular para mostrarnos una foto, además afirma que está practicando taekwondo en la Escuela Sipjin INDES, (siempre con la interpretación de su hermana mayor): “Desde que mis hermanas me llevaban a la Federación de Luchas me llamó mucho la atención practicar este deporte y considero que todo lo que tengo que utilizar en este deporte lo tengo bien, solamente es mi problema auditivo que no me afecta para practicarlo, sin mentir ya tengo tres años y dos meses de hacerlo, también agradezco al maestro Julio, por su apoyo y permitir se parte y poder desenvolverme sin la ayuda de un intérprete más que él”, manifiesta, mientras se le denota un gesto de alegría.

Asimismo, afirma que ha competido diez veces. Siete han sido presenciales de las cuales ha ganado cinco trofeos de primer lugar y dos medallas; una de segundo lugar y la otra de tercer lugar. De modalidad virtual (en tiempo de pandemia) realizó las últimas tres, en competencia nacional se llevó el primer lugar y en competencia internacional el primer y segundo lugar.

Los inicios de Génesis en el Taekwondo  

El entrenamiento de Génesis en el Taekwondo se llevó a cabo por medio de toques “Había que tocarla, ocupar el tacto, apretarle la mano. Todo comenzó con el tacto. También, mediante la escritura y la ayuda de compañeros en las competencias, donde ellos me ayudaban cuando yo faltaba y le explicaban las indicaciones”, así describe la experiencia el entrenador Julio Solórzano, desde su oficina en la Escuela Sipjin.

Volviendo el tiempo atrás el profesor Julio Solorzano, relata su primer encuentro con Génesis, y cómo fue este, importante señalar el papel de la intérprete de Génesis “Claudia Cordova”, fue quien la acompañó desde sus comienzos en la Escuela Sipjin: “ella vino con la intérprete quien me dijo que tenía deseos de aprender taekwondo, pero yo no sabía que ella no hablaba ni escuchaba. La señora me comenzó a contar la situación y para mí fue un reto, yo no conocía el lenguaje de señas más allá de los gestos y ademanes que uno hace para hablar.

Sobre el ambiente en el inicio de las clases para Castro, él comenta sobre cómo los demás niños se fueron dando cuenta acerca de la discapacidad de ella: “cuando contamos ‘hana’ ‘dul’ ‘set’ en coreano, contamos los números del 1 al diez cuando hacemos ejercicio y cuando llegamos donde ella, no contaba. Y los niños como no sabían se quedaban así ‘te toca’ y yo ‘dale el que sigue, el otro compañero’. Y ya todos comenzaron a conocer que ella no sabía hablar ni gritar cuando le tocara”

Compañera de Génesis, explicándole como debe de colocar el domins. FOTO: Jocelyn Castro.

“Yo me vi en la necesidad de aprender el lenguaje de señas, alguna vez me puse a ver algún vídeo en YouTube, a ver cómo se hacen las señas y todo”, dice Julio, pues en la Escuela Sipjin de INDES no tienen a un intérprete para ayudar a Génesis. Además, para él era la primera experiencia de tratar con una persona con esta discapacidad. “Algo nuevo, porque no tenía experiencia con personas que no podían hablar ni escuchar”.

A pesar de estas complicaciones durante todo el entrenamiento de Génesis, el profesor comenta sorprendido la capacidad que ella ha desarrollado. Se refiere a su capacidad visual que contribuye para su desempeño en el deporte, “tiene la habilidad de grabarse la señal del movimiento, fijarse bien, de tanto mirar. Ella es muy técnica. La vista y la concentración es algo que la ayudó a adaptarse”.

“Ella empezó en Para-Taekwondo, pero como yo vi qué se le daba bien para competir y todo, dije la voy a meter en la categoría oficial. Y ya lo hice, sólo les decía a los árbitros que ella no escuchaba, porque hay unas amonestaciones que son verbales en la competencia, pero con ella no aplican como no escucha. Entonces, la tocan y ella ya sabe que va a parar”. Así comenta Solórzano el rendimiento de Génesis, con orgullo sobre su avance y manifiesta que esto sería un gran realce para la Federación Salvadoreña de Taekwondo, debido a que ella no sólo practica formas, sino que también realiza combates lo cual resulta una gran ventaja para ella.

Julio Solorzano, entrenador, comenta cómo fue para él trabajar con Génesis. FOTO: Jocelyn Castro

“Últimamente ya sólo compite en las categorías oficiales, ya pelea como cualquier otro”, así es el avance de Génesis. “Entonces nosotros tenemos a la única mujer que practica Taekwondo aún con su discapacidad”, finaliza el profesor de la Escuela Sipjin.

FESAT ante el caso de Génesis

Por otro lado, el mismo Nassin Rodríguez, director técnico de la FESAT (Federación Salvadoreña de Taekwondo), comentó las carencias que tiene como federación ante el caso de Génesis: “No tenemos una inducción sobre el conocimiento del cómo debe ser el trato con estas personas, no tenemos una orientación específicamente para eso, se nos dicen generalidades”.

Comentó que la última capacitación que recibieron fue en el año 2017, donde todos los entrenadores a nivel nacional asistieron a una conferencia del exponente argentino Fernando Akilian (especialista en pedagogía del entrenamiento infantil, autor del libro “Enseñar el arte de jugar al deporte” y coordinador de Para-Taekwondo de la Unión Panamericana de Taekwondo (PATU)).

Aún con la poca capacitación y recursos económicos Rodríguez, asegura que ayudan a la atleta con lo que pueden y también resalta lo que necesitan para avanzar con el entrenamiento de Génesis, resaltando nuevamente la necesidad de un intérprete: “Tratamos la manera de facilitarle todas sus participaciones a nivel nacional. Para ellos el proceso de enseñanza se felicitaría por dos cosas, uno si tuviéramos instructores capacitados en las diferentes áreas del deporte o haber tenido una persona especializada en esa área (LESSA)”.

Sin embargo, como Federación tampoco tienen intérpretes para esta rama del Taekwondo y resalta que su trato con estos atletas, Génesis y Javier Rosales Quintanilla (el único deportista hombre con discapacidad auditiva que práctica Taekwondo), ha sido por el conocimiento empírico de los mismos entrenadores.

Rodríguez, no deja de comentar las dificultades económicas: “Es muy poco lo que se puede hacer, porque para eso se necesita plata y si es mucho dinero. Por ejemplo, hay que hacer un montón de trámites que son bien especializados para este tipo de niños, no sólo es subirse a un avión y exámenes físicos, los de ellos son más difíciles y siempre tienen que ir alguien que sea especializado en el tema”.

Aunque como mencionó antes el entrenador Julio, que Génesis, ya compite como cualquier otro. Rodríguez, espera que ella complete su entrenamiento y sea cinta negra. Por lo tanto, como FESAT su objetivo más importante con Génesis, es que pueda culminar y llegar a ser cinta negra, porque sería entonces la primera mujer cinta negra con discapacidad auditiva, pues dicho objetivo conlleva mucha práctica.


Por ello, proyectan que la atleta y su entrenador, el profesor Julio, puedan asistir a campamentos especializados, para personas con discapacidades donde recibirán las capacitaciones correspondientes al tema.

“Nosotros, esperamos que para el otro año haya un incremento al presupuesto y una de las áreas que queremos fortalecer es el área del Para-Taekwondo en todas sus ramas”, declaró Rodríguez al finalizar sus comentarios desde una llamada virtual.


Intérprete y educación superior

Claudia Córdova, de 46 años de edad tiene alrededor de diez años de ser intérprete (quien decidió practicar el Lenguaje de Señas Americano ASL, debido a que tiene a su hija Pamela que es no oyente) y también fue intérprete personal de Génesis, desde hace seis años. Ella comenta su experiencia en este mundo del lenguaje de señas y principalmente su trabajo con Castro.

Córdova, relata bien animosa  como ha sido la experiencia de trabajar con personas no oyentes en especial con Génesis: “Fue una experiencia bien gratificante porque todo los días eran diferentes, porque siempre hacíamos algo diferentes, es una chica muy seria, discreta, educada y cuando hacía un trabajo lo hacía con mucha dedicación, la verdad es que presentaba trabajos muy buenos, siempre se los escogen para exposiciones que la universidad hacía, esa es una carrera (Técnico en Diseño Gráfico en la Universidad Andrés Bello) en lo que ella disfrutaba mucho, porque es bien variado y profundizan sus habilidades en dibujo”.

De igual forma, comparte más sobre las cosas en las que ha apoyado a Génesis, más allá de la escuela y universidad: “Poco a poco yo les fui enseñando las rutas, como ubicarse, un día nos íbamos en un bus, un día nos íbamos en otro, nos veníamos juntas para el colegio y para la casa. Yo le explicaba mucho sobre tareas, comenzó a responder, pero siempre era buena”.

Por otro lado, Claudia, quien con sus años de experiencia destaca la real problemática, es decir, lo que genera la falta de intérpretes en los espacios públicos, para las personas con discapacidad auditiva: “Hace falta mucho para una verdadera inclusión, siempre hay barreras, nos encontramos con colegios que no quieren abrirles las puertas, aunque ellos tienen el derecho de estudiar donde ellos quieren” menciona con mucha seriedad. A causa de la poca participación del gobierno al no integrar a las escuelas y exigir la capacitación, y acreditación a más personas igualmente a las entidades correspondientes.

“No vemos más la educación de los jóvenes sordos, debería de ser gratis y en cualquier lugar, los jóvenes sordos y de cualquier discapacidad debería de tener lugares donde ser insertados ya para una vida laboral, debería de impartirse cursos gratis de seña para que todas las personas en los bancos, en los DUICentros, en los supermercados, en cualquier lugar donde ellos vayan estén capacitados para poder entenderlos, más que todo es los hospitales, he sabido que muchos sordos se van sin tan siquiera darles una medicina porque no les entienden, entonces debería de haber un intérprete de planta en cada hospital y cada turno”, expresó la intérprete con un tono de voz resonante.

Claudia Cordova, en una tarde de aclarar dudas a Génesis sobre la clase. FOTO: Claudia Cordova

Ya reclamaba la misma situación Griselda Zeledón, durante octubre del 2015 que, ante la falta de reconocimiento en la Constitución de la República, sobre la Lengua de Señas Salvadoreña como segunda lengua oficial del país, se pronunció frente al Pleno Legislativo. Zeledón, ha sido reconocida como Hija Meritísima de El Salvador, por La Asamblea Legislativa, debido al aporte a la educación e inclusión de las personas sordas en la sociedad salvadoreña.

Griselda, a través del Lengua de Señas Salvadoreña (LESSA), solicitó sus peticiones en El Pleno Legislativo: “Para disfrutar plenamente de los derechos humanos, la Federación Mundial de Sordos clama por el derecho de nuestro sector, a fin de proporcionarnos una educación de calidad a lo largo de nuestras vidas, de manera que se acepte su identidad lingüística, cultura y social, la cual les permita construir una autoestima positiva y no establezca límites de aprendizaje”, según La Asamblea Legislativa.

De igual modo, ante el caso se presenta la necesidad de profesionalizar la carrera de intérpretes de LESSA, la cual también no se encuentra acreditada, regulada y vigilada en las universidades de El Salvador. Que también, es el caso de la Universidad Andrés Bello, donde Génesis, y su familia son quienes han tenido que disponer económicamente de forma completa del servicio de Claudia, como intérprete. 

El reconocimiento de LESSA no se ha dado, porque tiene repercusión desde finales de 2016, según cita el Informe Alternativo El Salvador, en Seguimiento a las Observaciones Finales Al Estado Salvadoreño: ”A consideración de las organizaciones de sociedad civil hubo un retroceso significativo, cuando entró en vigencia la Ley de Cultura, a finales de 2016, puesto que en esa normativa no se retomó el reconocimiento de la Lengua de Señas Salvadoreña – LESSA, así como tampoco la promoción y respeto de la cultura de las personas sordas, tal como lo contenía la Ley Especial de Protección del Patrimonio Cultural de El Salvador, que ha sido suplida por la Ley de Cultura”.

Griselda Zeledón, reconocida como Hija Meritísima de El Salvador por su aporte a la educación e inclusión de las personas sordas en la sociedad salvadoreña. FOTO: Asamblea Legislativa.

Proyecciones del caso

Ante las claras complicaciones del caso de Génesis, Rafael Antonio Morán Santos, jefe del departamento de inclusión social de INDES, comentó lo que planean hacer sobre esta situación: “Lo que nosotros vamos hacer es enviar una información a la asociación (Asociación Salvadoreña de Sordos, ASS), para que sepan de este caso y tengan en cuenta que tal vez en otras federaciones estén haciendo deporte personas con discapacidad auditiva”.

Según Morán, también quieren y buscan planificar más capacitaciones, para que cada entrenador tenga una base acerca de dicho tema. Igualmente, mencionó que su línea de acción y trabajo no es necesariamente con las Federaciones, pues se dio un claro desconocimiento del departamento sobre el caso de Génesis, por lo cual él espera que, con la nueva administración del gobierno, las Federaciones y el departamento puedan trabajar en conjunto para mejorar su trabajo con los deportistas con discapacidades. 

Ya se mostraba parte de esta problemática de las carencias que mantiene el Estado, con las personas con discapacidad auditiva y promover el trato adecuado al menos en las estructuras del gobierno, en el Informe Alternativo en Seguimiento a las observaciones finales al Estado Salvadoreño (2013-2017): “El Estado salvadoreño, a través de las entidades públicas de competencia, no ha regulado la formación y acreditación de los intérpretes de LESSA, ni muestran avances para que haya contratación de intérpretes, para personas sordas en las entidades públicas y privadas de atención al públicos”.

Sucede lo mismo en la Política Nacional de Atención Integral a las Personas con Discapacidad, donde se contextualiza cuál es el verdadero problema que genera la falta de intérpretes en los espacios públicos, como ocurre con el caso de Génesis Castro.

No hay intérpretes que ayuden o complementen su entrenamiento y avances: “Se reconoce las limitaciones de acceso y participación a los espacios de interacción social, originada por la falta de formación, acreditación de intérpretes e incorporación de Lengua de Señas Salvadoreñas (LESSA) en servicios esenciales en el cumplimiento y goce de los derechos reconocidos en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad”.

Cecilia Flores: la historia de la mujer del milagro por el que Monseñor Romero se convirtió en Santo

“Mami, ¿es cierto que tú te estabas muriendo en el hospital?”, le preguntó Rebeca a Cecilia.

Originalmente publicado en BBC World: Artículo Original

Rebeca es hija del matrimonio entre Cecilia Flores y Alejandro Rivas. La pequeña tiene 5 años y una curiosidad que se desborda de pregunta en pregunta.

“¿Es cierto, es cierto?”, repetía con insistencia. En aquel momento, Cecilia no supo qué contestar: “Si, tú sabes que yo me enfermé”, le dijo y sin más, la niña siguió jugando con Luis, su hermano de 3 años.

Cecilia es la mujer que el Vaticano reconoce como la receptora del milagro que permitió este domingo la canonización de monseñor Óscar Romero, a quien el papa Francisco declaró beato en 2015.

Monseñor Romero, quien fue asesinado en marzo de 1980 mientras ofrecía una misa, fue declarado mártir de la iglesia, por lo que sólo fue necesario confirmar un milagro y no dos, como dicta el procedimiento normal.

Unos días antes de su viaje a Roma, en un salón apartado de la parroquia “Beato Óscar Romero Obispo y Mártir” en San Salvador previo al inicio de la misa de las siete de la noche, la pareja relata a BBC Mundo su historia.

Cesárea de emergencia

“Comencemos porque ya queda poco para la misa”, dice Alejandro y se sienta junto a su esposa. Los tres niños juegan alrededor de sus padres. Rebeca no pierde atención de la conversación.

“Ahí donde la ve, nos está escuchando”, señala Cecilia. Ella es la segunda hija de la pareja, que perdió cuatro embarazos antes que naciera Luis, su tercer hijo.

Todos fueron embarazos de alto riesgo. “Son cuatro angelitos que nos cuidan desde el cielo”, dice Cecilia elevando levemente la mirada.

Con temor, la pareja se aventuró a un último intento que pasó por todas las complicaciones pero consiguió avanzar.

Fue el 28 de agosto de 2015 cuando, a través de una cesárea de emergencia, Luis Carlos llegó a este mundo.

Los doctores habían diagnosticado a Cecilia con preeclampsia y tras el parto su salud fue de mal en peor.

“Médicamente había poco que hacer”

Un intenso dolor abdominal hizo que volviera al hospital. Los médicos realizaron numerosos análisis que confirmaron un daño progresivo en el hígado y los riñones.

El diagnóstico fue que Cecilia padecía el síndrome de Hellp (las siglas de Hemolysis, Elevated Liver Enzymes and Low Platelet count o Hemólisis, Enzimas Hepáticas Elevadas y Cuenta Baja de Plaquetas) que, entre otros daños, causa insuficiencia renal y hemorragia de hígado.

Para estabilizarla, los doctores del Hospital General del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), en donde se encontraba internada, decidieron practicarle un coma inducido.

El parte médico incluido entre los archivos que la iglesia salvadoreña envió al Vaticano para respaldar la causa del milagro de monseñor Romero relata que “médicamente había poco que hacer por Cecilia en aquel momento”.

“A juicio de los especialistas, se trató de un síndrome que necesariamente la habría llevado a la muerte”, confirma monseñor Enrique Alvear Urrutia, que junto al cardenal Gregorio Rosa Chávez fue uno de los principales gestores de la causa de canonización de Romero.

“Fue una plegaria sincera”

La tarde del 29 de agosto de 2015, un día después del parto, Alejandro, esposo de Cecilia, resignado por la grave situación en que se encontraba su esposa, decidió que lo único que quedaba por hacer era rezar.

Tirado en el suelo, con las fuerzas casi agotadas, tomó una Biblia que antes había pertenecido a su abuela y entre sus páginas encontró una estampa de monseñor Romero, que para entonces ya había sido declarado beato.

Impresa en la parte de atrás estaba la oración que la iglesia salvadoreña repartió durante la beatificación para pedir la intercesión del obispo mártir.

“La verdad, no me declaraba un seguidor de Romero”, relata Alejandro al tiempo que recuerda que, con la estampa del beato entre su manos, comenzó a recitar aquella oración por la salud de su esposa. “Fue una plegaria sincera”, dice.

Sin saberlo en ese momento y casi en el mismo instante, Melvin Rubio, amigo cercano de la familia, rezaba la misma oración por la salud de Cecilia desde la cripta de la Catedral Metropolitana de San Salvador, en donde descansan los restos de monseñor Romero.

Despertar del coma

Poco tiempo pasó para que Cecilia despertara del coma y su salud comenzara a mejorar con una velocidad que asombró a los doctores.

Cecilia había perdido cuatro embarazos antes de que naciera Luis. Entre ellos, Armando Lucha, el médico a cargo del cuadro clínico quien, en declaraciones a la prensa, detalló que no era usual que un paciente presentara un daño en órganos vitales, como lo tuvo Cecilia, y saliera del hospital caminando.

Fue el 10 de septiembre de 2015 cuando despertó del coma y, ya fuera de todo peligro, pudo reencontrarse con su esposo, su bebé y sus dos hijos mayores: Rebeca y Emiliano.

Al enterarse de la noticia, Melvin y su esposa Karla intentaron convencer a la pareja que contaran su historia a las autoridades de la iglesia que ya habían comenzado a solicitar casos que pudieran ser considerados en la causa de canonización del beato Romero, pues ambos estaban convencidos de que se trataba de un milagro por su intercesión.

“En un principio no teníamos pensado hablar porque no pensamos que fuera algo tan importante”, relata Cecilia. “Si no lo hacen ustedes, lo hacemos nosotros”, recuerda Melvin que le dijo a la pareja.

Testimonio clave

Es así que la historia llegó también a oídos de monseñor Urrutia, quien insistió a Cecilia y Alejandro en compartir su testimonio, convencido de que esté sería la llave para elevar a Romero a los altares, a pesar que sobre su mesa había otros casos en consideración.

“A juicio de los médicos de la Congregación para las Causas de los Santos, en los otros casos fácilmente podría haberse repetido la enfermedad y eso los descalifica como tales”, declara Urrutia.

“Tengo una prueba física”

“Nosotros nunca tuvimos duda del acontecimiento”, dice Cecilia y su esposo la complementa: “Nuestra recompensa es que ella está viva”, afirma Alejandro.

Con esa idea en mente, en marzo de 2016 acudieron a brindar su primera declaración y el escrito comenzó un largo proceso de verificación en el que fueron necesarias varias entrevistas, testigos y expedientes médicos que, de a poco, fueron abriendo las puertas de la canonización.

El miércoles 7 de marzo de 2018, mientras preparaba el desayuno para su familia, Cecilia recibió un mensaje en su teléfono celular: “El Vaticano hará santo a Monseñor Romero”.

Luego de dar gracias en silencio, preparó a su hijo menor y se dirigió a la cripta de la Catedral de San Salvador para dar gracias frente al beato mismo.

“Yo no necesitaba ni que el Vaticano ni que nadie viniera a decirnos a nosotros que esto había sido un milagro”, señala Cecilia y una vez más su esposo la complementa. “Tengo una prueba física de que Dios actúa en nuestras vidas”, dice, y discretamente toma la mano de su esposa.

“Los milagros están para que los conozcan”

La mañana en que se anunció que monseñor Romero sería santo, Cecilia llegó a la cripta de la Catedral de San Salvador y pasó desapercibida para los periodistas que ya la esperaban en el lugar.

Para entonces, nadie conocía su identidad y ella prefería que fuese así. Con Luis en brazos y con la tranquilidad del anonimato, bajó las escaleras y caminó hasta el altar del beato. Se puso de rodillas y elevó una plegaria.

Solamente un par de periodistas que la conocían previamente la abordaron al salir del templo.

Uno de los mayores temores de Cecilia era justamente exponerse demasiado a las cámaras. Para ella, lo más importante es que se reconozca que “quien va a quedar en el lugar que le corresponde es monseñor Romero”.

Por un momento, vuelve la mirada a su esposo y retoma sus palabras: “Los milagros están para que el mundo los conozca”.

“Instrumento de paz”

Cecilia y su esposo confían en que tras la canonización de Romero, su historia y los hechos que lo llevan a ser santo queden en el recuerdo de los salvadoreños y del mundo entero.

“Ojalá algún día dejen de usarlo como instrumento político y comiencen a verlo como instrumento de paz”, señala Alejandro.

Ambos coinciden en que hace mucho dejaron de preguntarse las razones por las que fueron escogidos para ser receptores de un milagro, pero están convencidos que es su deber transmitir el mensaje de resurrección desde la muerte que, según ellos, monseñor Romero quiso transmitir a través de Cecilia.

“¿Hace cuánto sucedió lo de Lázaro y seguimos hablando de eso?”, pregunta al aire con un repentino arrebato. “Esto va a seguir, yo me voy a morir y la gente seguirá hablando del caso de Cecilia”, expresa.

Toma a Rebeca de la mano y a Luis entre sus brazos. La misa está por comenzar.

La desesperación de los migrantes que arriesgan la vida en la frontera entre El Salvador y Honduras

Una fila de policías corta el paso sobre el puente del río Goascorán, que sirve como frontera entre El Salvador y Honduras.

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Es jueves y pocos minutos pasan de las 6:00 de la mañana. Los agentes custodian los movimientos de un centenar de hondureños, campesinos y agricultores en su mayoría, que aún cubiertos con frazadas y pedazos de plástico, luchan con el frío y la lluvia.

Algunos tiemblan, todos tienen hambre. “No traigan cámaras, traigan comida”, grita una mujer a la distancia.

Los hondureños intentan cruzar la frontera desde el miércoles. Son parte de las caravanas de migrantes que partieron esta semana del país centroamericano con la intención de llegar a Estados Unidos.

Son quienes desataron la ira del presidente Donald Trump, quien amenazó con interrumpir las ayudas económicas a Honduras, Guatemala y El Salvador si permitían que sus ciudadanos viajaran “con la intención de entrar a EE.UU. de manera ilegal”.

Grupos similares atraviesan Guatemala y México, en algunos casos son acompañados por la policía y refugiados en albergues locales.

En El Amatillo la historia es otra: tirados sobre el asfalto del puente, los migrantes hondureños se mueven con cierta parsimonia, como arropándose con el poco calor de los primeros rayos del sol.

Entre aquellos bultos dormidos sobre la carretera, el pequeño Ángel David Cobán, de 12 años, juega y se ríe. Se para frente a los policías, que le doblan la estatura, y parece como si les hiciera frente al tiempo que entona una melodía:

“Yo me voy de mi país, aquí no quiero vivir, porque si me quedo aquí, de hambre voy a morir”. Son versos de “JOH, pa’ fuera que vas”, una canción del hondureño Macario Mejía que es todo un himno entre los detractores del presidente del país, Juan Orlando Hernández.

“Sufrimos demasiado”

La madre de David, Leslie Cobán, lo vigila a la distancia. Sentada junto a otras madres, ninguna aparta la vista de sus hijos mientras juegan. Todas, también, comparten sus razones para aventurarse en esta travesía: coinciden en una vida mejor y en el ansiado sueño americano.

Como ella, los integrantes de la caravana aseguran vivir una situación desesperada en su país. Dicen que huyen de la pobreza y de la violencia que azota Honduras por el asedio de las pandillas.

“Sufrimos demasiado (en Honduras) para ganar solo 100 pesos al día”, comenta Félix Moreno, una de las mujeres junto a Leslie. “El camino es largo y apenas vamos comenzando”, agrega.

“Con lo que gano solo me alcanza para la leche del niño y no para la comida”, expresa Paola, sentada al otro lado de Leslie, mientras carga a Mauricio, su hijo de apenas un año de edad.

“Mi niña me pide que me regrese”, agrega Félix y su hija de 12 años juega con la mano del pequeño. Mauricio solo ríe.

Entre la mañana y la noche de este miércoles, fueron cerca de 300 los hondureños que llegaron hasta la barrera de policías de aquel punto fronterizo.

Las autoridades de migración le cortaron el paso a todos aquellos que no portaran sus documentos de identidad en orden o que viajaran con menores de edad que no tuviesen la autorización de ambos padres: la gran mayoría.

Así, decenas de migrantes, en su mayoría madres y sus hijos, vieron truncado su camino. Entre ellos, David y su madre.

Cerca de las 7:00 de la mañana, rodeados por policías, pues del lado hondureño también se había formado ya un cerco de agentes antimotines, los migrantes comenzaron a desesperarse.

“Nada que perder”

De a poco fueron agrupándose al centro del puente: “Hay que cruzarnos el río, no hay de otra”, se escuchó una voz al centro del grupo.

“Compremos una soga y nos tiramos del puente”, dijo otra voz.

“Que el que se ahorque sea Juan Orlando”, respondió en referencia al presidente Hernández, una madre con su hijo en brazos.

“Y que se ahorque el presidente salvadoreño también”, añadió un joven.

Todos hablaban, todos tenían algo que decir. “Pero las mujeres no pueden cruzar solas”, dijo Wilson Funes, un joven de 28 años que por momentos tomaba la voz cantante en el grupo.

La idea de cruzar el río fue tomando fuerza hasta que no hubo nadie que se opusiera. Wilson y otro grupo de jóvenes se pusieron al frente de la caravana, que había dado media vuelta y ahora cruzaba el puente de vuelta a territorio hondureño.

“En Honduras, yo no tengo nada que perder y si me va bien tengo mucho que ganar”, afirmaba Wilson mientras recorría el kilómetro y medio que hay entre el puente fronterizo y el tramo más estrecho del río, en lado hondureño.

A mitad de camino, un hombre de unos 40 años, se desplomó sobre el suelo en un ataque epiléptico que duró un par de minutos. Nadie supo qué hacer.

“Esas son las consecuencias de las ingratitudes de los policías de El Salvador al no dejarnos pasar, porque tenemos tres días con hambre, aguantando sol, aguantando lluvia”, dijo Wilson de pie junto al hombre.

Cuando los espasmos disminuyeron, él y otro joven se acercaron para levantarlo del suelo.

“Que nos dejen pasar, solo eso pedimos”, añadió mientras levantaba al hombre, visiblemente confundido.

“Si los salvadoreños piensan que nos vamos a llevar algún poquito de tierra, en la salida nos sacudimos la planta de los pies y que les quede la tierra ahí”, sentenció y siguió el rumbo hacia el río.

Cruzando contracorriente

Ya en la orilla, los hondureños se detuvieron unos minutos a reconsiderar la idea de cruzar el Goascorán. Las intensas lluvias de las últimas semanas elevaron el nivel del agua y cualquier esfuerzo parecía un peligro inminente.

Después de varios minutos, los más jóvenes retomaron la iniciativa y comenzaron a atar dos o tres cuerdas y las tensaron sobre la parte más estrecha del río.

“Sería una cobardía que no nos pasemos esto, ¿cómo nos vamos a pasar el Río Bravo, entonces?”, dijo, con todo el valor del mundo, uno de los hombres más jóvenes del grupo en alusión a la frontera entre México y Estados Unidos, mientras se quitaba los zapatos, preparándose para cruzar.

De cada lado de la cuerda, dos hombres la sostenían con fuerza y el resto guiaba al grupo. La primera en atreverse fue una joven de no más de 25 años.

“Agárrese con fuerza y no se suelte del lazo”, le advirtieron cuando el agua ya le llegaba a la cintura y la fuerza de la corriente comenzaba a empujarla. “No se suelte, no se suelte”, le gritaban desde el lado hondureño.

El silencio invadió el lugar cuando la mujer llegó al punto más crítico, en donde la corriente prácticamente la acostó sobre el agua. “Se va a soltar”, se escuchó tímidamente en el grupo.

Pero la mujer tomó fuerzas y consiguió llegar a la otra orilla. Del lado hondureño hubo gritos y aplausos: el valor los invadió.

Uno a uno, hicieron fila para cruzar hasta que le tocó turno al pequeño David, el chico de 12 años que cantaba en la frontera. Su madre lo encomendó a Dios.

“Si nos llega a pasar algo se van a arrepentir, porque todo esto (cruzar el río) lo estamos haciendo porque no nos dejan pasar”, dijo la mujer antes que su hijo comenzará a avanzar dentro del agua.

El niño cruzó sin dificultad alguna. Su madre lo alentaba desde la orilla. “Ese es mi hijo, esa es mi sangre”, le gritaba y en su voz se descifraba un tono de orgullo y esperanza. “Ese es un hondureño huevón”, respondieron los hombres que sostenían la cuerda del otro lado del río.

Llegó el turno de Leslie, la madre de David. La mujer, cansada por el camino o un poco emotiva por ver cruzar a su hijo, tomó la cuerda entre sus manos. David gritaba desde el otro lado: “mamá, mamá”.

Leslie avanzó lento y en el punto más crítico se detuvo para gritar “esto lo hago por vos”, con la mirada puesta en la orilla en donde su hijo ya la esperaba, un poco asustado.

Quienes no se atrevieron a pasar el río, regresaron a pie hasta la carretera que lleva hasta la frontera El Amatillo. En el trayecto, un automóvil se detuvo y les regaló a los migrantes un refresco y algo para comer.

Algunos se sentaron en una roca cercana a descansar y otros tomaron un autobús de vuelta a casa.

“¿Por qué los otros niños tienen papá y yo no?”, huérfanos de policías asesinados en El Salvador

El agente José Adán Servellón Benavides fue asesinado frente a dos de sus hijos en agosto de 2015, tenía 37 años de edad y trece formando parte de la Policía Nacional Civil (PNC) Se dirigía a conseguir comida para su familia cuando fue interceptado por un grupo de pandilleros, quienes le dispararon en la cabeza. Murió en pocos minutos.

Originalmente publicado en BBC World: Artículo Original

Con su muerte, Adán Servellón dejó a cuatro menores en la orfandad y a su pareja embarazada.

“Fue una tragedia, por cómo lo mataron, por cómo era él y por la familia que dejó”, relata un agente policial en servicio, amigo cercano de Servellón, que prefiere no revelar su identidad por temor a represalias.

En El Salvador, la guerra contra las pandillas ocasiona decenas de muertes de policías cada año. Asesinados a sangre fría o en enfrentamientos, en el país han muerto más de 176 agentes de forma violenta desde 2013.

La mayoría han sido víctimas de alguna de las dos principales estructuras criminales que operan en el país: Mara Salvatrucha y Barrio 18, que hacen de esta pequeña nación centroamericana, una de las más violentas del mundo.

Los policías asesinados dejan tras de sí a centenares de niños huérfanos que ingresan a un sistema de asistencia social que, según voces críticas, los confina al completo abandono, con apoyos económicos que no sustentan siquiera la alimentación básica y menos otros derechos fundamentales.

“Ahí no matan, ahí ahorcan”

BBC mundo pudo comprobar que en ese estado se encuentran los cinco hijos del agente Adán Servellón.

Viven en el municipio de Huizucar, una aislada zona rural a 30 minutos de la capital, San Salvador. Para llegar hay que atravesar una complicada ruta, constantemente asediada por pandillas.

Es la única forma de entrar o salir. En ese camino, cerca de un puente, mataron al agente Servellón. A las afueras del pueblo, no importa a quien se le pregunte, la advertencia es siempre la misma: no entrar en ese sendero con demasiada confianza.

“Ahí no matan, ahí ahorcan”, afirma, con risa nerviosa, una mujer desde la puerta de su casa.

La zona muestra la pobreza en la que suelen vivir los policías y sus familias.

Esa condición se vuelve incuestionable al ingresar en la casa de Carolina Cornelio, la viuda de José Adán Servellón.

Sus hijos ahora tienen catorce, doce, once, cinco y un año y medio de edad. Los primeros cuatro estudian, pero los mayores deben trabajar para ayudar con los ingresos del hogar.

Siembran frijol y maíz, una parte de lo cultivado es para que la familia se alimente y el resto para conseguir algo de dinero. La abuela de los menores viaja, junto a una de sus nietas, al pueblo más cercano para vender el producto.

Es muy poco. “A veces no hay que darle a los niños, aunque pidan, no hay qué comer”, señala Carolina con resignación en su tono. Ella trabaja ocasionalmente lavando y planchando ajeno.

Va solo cuando la llaman, “no es seguro salir demasiado, por la situación”, declara bajando el volumen de su voz y mirando a los lados, como asegurándose de que nadie más la escuche.

La mujer asegura haber entregado todos “los papeles” que la policía le solicitó: actas de matrimonio y defunción de su esposo, documentos del seguro y todo lo relacionado a ella y su familia; sin embargo, no han conseguido respuesta y afirma que tampoco se han acercado a representantes de la policía para conocer de oficio los detalles de su caso.

Carolina defiende que la corporación conoce de la existencia de los cinco hijos de Adán; sin embargo, más allá de una primera ayuda para el sepelio de su pareja, no han recibido nada. “No sé a quién se lo estarán dando, pero a mi no es”, añade.

Asistencia

En agosto de 2015, dos meses después de la muerte de José Adán, el presidente Salvador Sánchez Cerén y el entonces director de la policía, Mauricio Ramírez Landaverde, anunciaron el inicio de su plan de asistencia a hijos y familias de agentes asesinados.

El programa otorgaría una cuota mensual escalada para los menores de 18 años, además de incluirlos en un sistema de becas de estudio.

El proyecto, dijeron, se financiaría a través de un fideicomiso de US$787.500 impulsado por la empresa privada y la ciudadanía. Para 2017, el presupuesto general aprobado para la policía es de más de US$430 Millones, de los cuales $274.920 están dedicados al apartado de atención a víctimas de delitos, es decir un 0.063% del presupuesto total.

No existe, en el presupuesto de la corporación, otro apartado referente al tema y no son públicos los detalles sobre si ese monto incluye a hijos de policías asesinados, hay quienes creen que no es así.

Uno de los que piensa que la policía cuenta con los fondos suficientes para acompañar a estas familias y no lo hace es Marvin Reyes, presidente del Movimiento de Trabajadores de la Policía (MTP), que vela por los derechos de los agentes policiales.

Él considera que los programas de apoyo a familias de policías que murieron realizando su trabajo o a consecuencia de este, realmente no existen. Afirma que los anuncios del gobierno son una estrategia propagandística.

“Realmente, la policía no le da ningún seguimiento a la familia”, dice. En su opinión, lo mínimo que deberían hacer es “dejarle de por vida a la familia el salario que el policía ganaba, asegurar planes de estudio para los hijos y atención psicológica para todos los integrantes”.

“Parece que hubiera un desprecio hacia el policía y su familia por parte de las autoridades”, asegura.

Ausencia

Lo cierto es que ninguno de los programas, reales o ideales, han tocado a la puerta de Carolina y sus hijos.

Ellos estudian en la pequeña escuela del caserío en el que habitan, excepto el mayor, quien debe viajar hasta el pueblo más cercano para recibir clases. Lo hace caminando, por la única ruta existente, pasando todos los días por el punto exacto donde vio morir asesinado a su padre.

Él no habla mucho del tema, pero su madre dice que a veces llora cuando cree que nadie lo está viendo. Aunque si hijo de doce años, que también presenció la muerte de su padre, pregunta constantemente por su él.

“¿Por qué los otros niños tienen papá y yo no?”, cuestiona a su madre y ella no sabe qué responder.

Carolina piensa que sus hijos, además de asistencia económica, también necesitan ayuda psicológica. “A veces solo pensando en eso pasan y tienen pesadillas. Ellos quieren que todo siga igual, pero ya no se puede”.

Unos días después del asesinato de José Adán, la policía lo despidió con honores, como es costumbre.

A Carolina le entregaron una bandera de El Salvador, la misma que el día del funeral cubrió el ataúd. Los niños que nada más volver del cementerio comenzaron a sentir la ausencia. Su padre los acompañaba a la escuela, les compraba los uniformes, libros y zapatos. Los hacía sentir seguros.

“Es duro ver cómo quedaron y el olvido en que los han dejado”, señala el agente que fue amigo de Adán.

Él y otros compañeros de la delegación en donde el policía estuvo destacado, apoyaron a la familia con víveres y la gestión y los trámites que hicieran falta para que los menores fueran incluidos en los programas de ayuda de la corporación policial.

“Fue tan matador, viajar y viajar sin apoyo de nadie por parte de la institución”, agrega.

“Bienestar Policial se aprovecha de la situación y si la familia no presiona se agarran la plata”, afirma el agente, en referencia al bono mensual que debería recibir cada hijo de un agente asesinado.

Bienestar Policial es el nombre de la dependencia de la PNC que se encarga de organizar los sepelios. Estos suelen ser actos públicos y mediáticos a los que asisten altos dirigentes de la corporación para presentar sus respetos a la familia y despachar discursos sobre exhaustivas investigaciones para dar con los culpables.

Esa misma dependencia debe dar seguimiento y asistencia a las familias de los policías asesinados

Sin embargo, Carolina asegura no haber vuelto a saber de esa institución después del sepelio. Únicamente recuerda que en algún momento le mencionaron que la asistencia sería de $25 dólares por cada uno de sus hijos.

“Eso en un par de zapatos se va”, afirma. “¿Y para que coman todos?”, lanza la pregunta al aire, mientras sostiene entre sus manos la bandera que le entregaron en el funeral de su esposo. Lo único que le queda.

La historia de Wendy

En similares circunstancias se encuentra la familia de la agente Wendy Yamileth Alfaro Mena, que fue asesinada también en 2015. Tenía 27 años de edad y los últimos cuatro formando parte de la policía.

Al igual que el agente Servellón, fue emboscada por cinco pandilleros cuando compraba comida para su familia, a escasos metros de su hogar, en el oriente del país.

En ese año, el de mayor número de muertes de policías en la historia de El Salvador, su caso fue particular por ser la primera mujer policía asesinada por pandilleros. Con su muerte dejó a un pequeño de dos años en la orfandad.

Marvin Reyes conoció de cerca el caso. Recuerda que familiares de Wendy tomaron en custodia al niño para protegerlo de posibles represalias e incurrieron en gastos para cumplir con los trámites y documentos que se exigían para formar parte del programa que prometía el gobierno.

Recuerda que incluso debieron demostrar que Wendy realmente había muerto en las circunstancias en que lo habían descrito

Después de muchos viajes a la capital y engorrosos procesos y entrevistas, el hijo de Wendy consiguió ser incluido y aun así debió esperar cerca de medio año para recibir el primer desembolso económico: 50 dólares, que no cubrieron siquiera los gastos que tuvo la familia para incluir al menor en el programa.

Cuando preguntaron por las becas que el gobierno había prometido, la respuesta fue que la corporación estaba esperando a que alguna institución se acercara a ofrecerlas, según Reyes, “la PNC no busca ni gestiona de oficio las ayudas que promete para los hijos de los policías asesinados. “

“Me lo contaban a mí con una decepción tremenda”, agrega el expolicía. “Para las autoridades que dirigen la corporación, la vida de un elemento policial que recibió una muerte horrible, vale 50 dólares y ningún esfuerzo más”, lamenta.

Ola de homicidios

En lo que va de 2017, trece policías han muerto a causa de las pandillas. En el mes de julio ocurrió la mayor ola de homicidios, en pocos días fueron asesinados al menos seis agentes.

Uno de los casos que causó mayor conmoción es el del agente Víctor Alcides, de 30 años, cuyo cuerpo fue encontrado desmembrado dentro de bolsas plásticas en una transitada carretera a las afueras de la ciudad.

El más reciente homicidio fue el del sargento Víctor Manuel Salazar, quien, como en la mayoría de los casos, se encontraba de licencia cuando fue atacado por pandilleros dentro de su casa, a la vista de su familia.

Óscar Ortiz, vicepresidente de El Salvador dijo a la prensa, que “el apoyo que le vamos a dar a las familias es como el que le estamos dando a todas las familias de policías caídos”, reiteró.

Además dijo que “esto no va a hacer desanimar esta gran cruzada que tenemos contra el crimen y la extorsión” y agregó que “debe reforzar la moral nacional y la moral de nuestra policía”

Ante el incremento del asesinato de policías, el Movimiento de Trabajadores de la Policía, liderado por Marvin Reyes llamó a los agentes a protestar por la falta de garantías para llevar a cabo su trabajo.

“Hagamos temblar las calles”, dice el comunicado que difundió el MTP: “vamos, a una sola voz, a denunciar la actitud de desprecio por parte de las autoridades ante la muerte de compañeros, así como la inexistencia de planes de protección para los trabajadores policiales y su familia”.

En repetidas ocasiones, BBC Mundo intentó conocer la opinión de las autoridades de Bienestar Policial sobre la implementación de los programas de asistencia a agentes de la corporación y sus familias; sin embargo, no hubo respuesta a pesar de la insistencia por diversas vías.

Muchos casos

Eso lo sabe bien Mirna Alvarez. Ella fue policía y parte del equipo de Bienestar Policial en el occidente del país. Por sus manos pasaron incontables casos de asistencia social a familias de policías asesinados.

Ella confirma a BBC Mundo que, como la familia del agente Servellón o la agente Alfaro, hay decenas por todo El Salvador.

Según Mirna, Bienestar Policial no se preocupa por conocer las particularidades y necesidades de cada caso y cada familia. “No lo hacen, por mi ha pasado”, declara; “eso solo es teatro público”, agrega.

La ex policía denuncia que ella fue retirada de su cargo, en parte por explicarle a los policías y a sus familias cuáles son sus derechos.

“Hay casos en donde el fallecido no tiene a nadie en los seguros y ellos se quedan con ese dinero”, confirma y señala que, en efecto, la ayuda para los hijos de los policías asesinados no es suficiente como para cubrir el costo de la canasta básica de una familia y las autoridades lo saben.

“No es justo que la institución a la que tanto se ha servido, trate a las familias como que son perros”, agrega y advierte que el abandono de las autoridades es un factor que abona al incremento en el número de ataques a policías y a sus familias, que la impunidad en que viven quienes dañan a un agente o a sus familiares es la clave de ese aumento.

La razón

Marvin Reyes, que fue parte de la corporación policial por más de 20 años, cree que el incremento en el número de ataques a policías se debe, en parte, a la implementación de una serie de medidas extraordinarias que, entre otros puntos, refuerzan la seguridad en Centros Penales, restringen privilegios a reos y cabecillas de pandillas recluidos, además de reforzar la seguridad pública con ayuda del ejército salvadoreño.

“Cuando ellos (los pandilleros) se ven acorralados en muchos aspectos, recurren a medidas que incluyen el asesinato de familiares, policías, miembros del ejército y centros penales”, afirma Reyes.

En su opinión, el objetivo es incidir en la moral y afectar así a los responsables de salvaguardar la seguridad pública.

Reyes también cree que la muerte de policías se debe a una respuesta por parte de las pandillas a las acciones operativas que ordena la dirigencia de la corporación y que los agentes no tienen otro remedio que obedecer.

“Violencia genera violencia”, afirma y señala que “se está produciendo una espiral de venganza que va a ser difícil de tratar en un futuro cercano”.

“Cuando no lo pueden matar a uno, matan a la familia. Los padres, hijos, esposas, hermanos, tíos, sobrinos y todo aquel que tenga vínculos con alguien de la institución”, señala también Mirna Álvarez.

En lo que va de 2017, doce familiares de policías han sido asesinados por pandilleros, superando, por primera vez, al número de agentes muertos, que a esta fecha es de nueve. Las medidas extraordinarias que debían concluir en abril de 2017, fueron prorrogadas un año más por la Asamblea Legislativa.

Desde la fundación de la Policía Nacional Civil, en 1992, más de 1.100 agentes han sido asesinados.

La historia de Karla Avelar: la primera voz de la comunidad transexual en El Salvador

En una oficina que intenta no parecer improvisada, a la mitad de un viejo barrio que no consigue ocultar su inseguridad, trabaja Karla Avelar: la primera mujer transexual de la historia en ser nominada al premio de la Fundación Martin Ennals, que se entrega a activistas que luchan por los derechos humanos alrededor del mundo.

Originalmente publicado en BBC World: Artículo Original

“El Estado, el gobierno y el mundo, deben entender que hablar de personas LGBTI también es hablar de derechos humanos”, sostiene la activista desde su modesto estrado.

Karla es, desde 2008, la cabeza de Comcavis Trans, una organización que trabaja por generar transformaciones para la comunidad LGBTI en El Salvador, país en el que 17 personas LGBTI fueron asesinadas entre enero y marzo de 2017, según datos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Karla está convencida que la intolerancia es la principal causa de esas muertes. Ella misma vivió de cerca esa discriminación en la conservadora provincia rural en que creció, al norte del país.

Desde pequeño, Carlos – su nombre original- se sintió incómodo por ser un niño y esos sentimientos lo arrinconaron en situaciones de maltrato y abuso. Fue violado por uno de sus primos a los nueve años y eso lo obligó a escapar de su hogar. “Esa noche no dormí, me fui con lo que tenía puesto y no le dije a nadie”, recuerda.

Sin dinero, llegó a las periferias de la capital salvadoreña. Durmió en las calles, sin alimento ni cobijo. Tenía poco menos de 10 años. Vivió de limosnas y de suerte durante seis meses y a pesar de la adversidad, hubo un logro: ese año se vistió como hombre por última vez; Carlos, el pequeño que huyó, había quedado en el pasado.

Karla – como decidió llamarse- consiguió un trabajo doméstico en San Salvador, otro buen augurio en el horizonte, pero no fue así. Sin saberlo, realmente estaba por comenzar una tortuosa relación con uno de los grupos criminales más violentos de la región, responsable de miles de muertes. Tenía apenas 12 años.

Entre pandillas y prostitución

Cuando realizaba una diligencia para su nueva patrona, Karla tuvo que cruzar la línea que dividía los territorios dominados por las dos principales pandillas salvadoreñas, la Mara Salvatrucha y el Barrio 18, una auténtica sentencia de muerte.

Una de las dos facciones, ella prefiere no señalar cuál, se percató del “arrebato” y no dejó que pasara por alto. Varios sujetos la secuestraron y llevaron a una construcción abandonada en donde fue violada por al menos 15 hombres, el tono de su voz deja en evidencia que prefiere no vagar demasiado por ese pasaje de su memoria. No denunció pero consiguió escapar con vida.

Se nos catalogó como personas enfermas, como personas que no tenían derecho a organizarse

De vuelta en las calles, conoció a Diana, una mujer transgénero de 19 años. Ambas se abrieron paso en el mundo de la prostitución, un oficio bien pagado a finales de los 90 en la capital salvadoreña. “En una sola noche gané casi US$5.000”, asegura.

“Era una adicción, casi una droga”, confiesa. Junto a Diana afrontó las adversidades de las calles, parecía que con ella, Karla encontró una familia y un hogar, o al menos lo más cercano.

Sin embargo, no todo fue “prosperidad” durante esa época. A sus 15 años, Karla encaró a la muerte en más de una ocasión; la más relevante: cuando recibió nueve disparos de bala a quemarropa. Pasó varias semanas en estado de coma, y cuatro meses en cama.

“Lo único bueno que saqué, fue reencontrarme con mi familia”, destaca. Recibió el alta médica y una semana después, frente a la incrédula mirada de quienes la vieron casi muerta, regresó a las calles, su adicción.

Pero algo era diferente, Karla no quería que un ataque como el que sufrió se repitiera y en 1994 intentó formalizar sus exigencias de derechos igualitarios en el primer movimiento de mujeres transexuales de El Salvador, conocido como “El Nombre de la Rosa”.

“Se nos catalogó como personas enfermas, como personas que no tenían derecho a organizarse”, recuerda. Pero Karla no solo luchaba por ella: Diana, la mujer transexual que le tendió una mano, años atrás, había sido asesinada por su pareja, un policía.Los cuerpos de seguridad vienen arrastrando un régimen de violencia en contra de la comunidad”, analiza Karla al recordar lo que sucedió con su amiga.

“Ahora mismo hay policías involucrados en intentos de asesinato en contra de personas de la comunidad LGBTI”, añade.

“Nosotras, de parte de ellos recibimos extorsiones, persecución, amenazas, violaciones, acoso, ataques físicos, intentos de asesinato, robo”, y la lista crece según informes que Karla prefiere mantener confidenciales por temor a represalias.

Así lo reafirma Tatiana, una de las mujeres que más tarde ayudarían a fundar Comcavis Trans. “Las mujeres trans éramos violentadas en las calles y nadie decía nada”, dice. “Veníamos de allí y nació en nosotras una convicción de ayudar a estas personas”, agrega.

Esa convicción fue tan fuerte, que muchas de esas mujeres, paulatinamente, fueron dejando su trabajo en las calles para unirse al trabajo de activismo social de Karla y Tatiana. Hacían a un lado su única fuente de ingresos para defender sus derechos y el de otras mujeres transexuales.

“Había un espíritu vivo de compromiso”, señala Karla, “Sin embargo, nunca pensamos llegar hasta donde hemos llegado”, añade Tatiana.

Una larga estancia en prisión

En 1996, cuando Karla daba sus primeros pasos en el activismo por los derechos humanos, volvió a ser víctima de agresiones, esta vez por parte de uno de sus clientes, mientras trabajaba en las calles, de las cuales no había conseguido separarse. Se defendió y ese hecho marcó su destino por los siguientes cuatro años, al ser encontrada culpable por el ataque y condenada a prisión hasta el año 2000.

Los relatos de abusos, durante su estancia en prisión, son casi interminables. La mayoría son secretos a voces que las autoridades prefieren minimizar, otros despiertan asombro y hasta indignación. Unos cuantos se escapan, por mucho, del imaginario colectivo y parecen sacados de historias de terror.

El suceso más vívido en la mente de Karla es el castigo que recibió por realizar una denuncia de malos tratos por parte de los custodios en la zona en donde estaba recluida. La reprimenda consistió en esposarla, por ambas manos, a un árbol que se encontraba en un patio trasero.

Con la voz entrecortada, Karla intenta describir aquella escena de tortura: “Mis brazos estaban estirados, esposados a las ramas y las puntas de los dedos de mis pies, apenas tocaban el piso, así pasé toda la noche”, relata, en un punto entre la rabia y el llanto. Ningún grito o petición de clemencia fueron escuchados

Su estancia en prisión no hizo más que reforzar sus ideas de activismo social. A su salida de prisión, a pesar de la oportunidad de recibir asilo en Estados Unidos por las constantes amenazas, ella decidió no abandonar su país.

“Karla sabía que muchas cosas eran imposibles, pero ni así dejaba de intentarlo”, recuerda Tatiana, mientras mira a Karla como cuando una madre ve con orgullo los logros de su hija.

Reconocimiento y nuevas amenazas

De vuelta a la improvisada oficina de Karla Avelar, afuera, frente a su única ventana, ondea una bandera multicolor, símbolo internacional de la comunidad LGBTI, lo único que diferencia a esa casa del resto.

No está escondida pero tampoco pretende llamar demasiada atención. Está puesta ahí, en ese punto en particular, para que quienes buscan Comcavis no se pierdan. Pero también por seguridad, ahí puede esquivar las miradas que se incomodan con facilidad, así es como se previenen los ataques.

Karla dice estar acostumbrada, su historia da fe de ello. Por ejemplo, su nominación al premio Martin Ennals, además de atraer la atención del mundo hacia su trabajo por los derechos humanos, también llamó el interés de esas estructuras criminales, con las que ha tenido que convivir con el paso de lo años.

Dos días después de publicarse la noticia de su postulación, el 28 de abril, tres hombres, que Karla identifica como pandilleros, la buscaron en su hogar para exigirle la mitad del dinero que se otorga al ganador, ellos pensaban que el premio ya se le había entregado. La amenazaron de muerte si no cumplía con sus demandas en tres días. Ella decidió huir y refugiarse en un sitio más seguro.

“El trabajo que nosotras hacemos no es legítimo para muchas personas y para partes del gobierno”, afirma.

Sus denuncias públicas son respaldadas por organismos internacionales como la Organización Mundial en Contra de la Tortura y las Naciones Unidas, a través del Alto Comisionado para los Derechos Humanos.

Esas oficinas enviaron, en los últimos días, cartas con exigencias de garantías de seguridad para la activista y sus allegados, por parte de las autoridades salvadoreñas, con mención al Presidente en persona.

“Si nos hubiéramos quedado calladas, posiblemente todavía no tendríamos el derecho a organizarnos ni a exigir seguridad”, concluye Karla. Sin embargo, a la fecha, no ha recibido respuesta.

La economía de El Salvador crecerá menos que la de Haití en 2019

Según datos de la
Comisión Económica para América Latina y el Caribe, la economía salvadoreña crecerá 0.4% menos que la isla caribeña en 2019.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) estima que la expansión de la economía salvadoreña será de 2.4% en 2019. Eso ubica a El Salvador en la mitad inferior de la tabla de crecimiento económico, con respecto al resto de países de América Latina.

En promedio, las economías de América Latina crecerán un 1.7% en 2019: Cepal proyecta que cerrarán 2018 con un crecimiento del 1.2%. El Salvador no ha variado su última proyección con respecto a la de el próximo año y ambas rondan los 2,4 puntos porcentuales.

El Salvador será el país que menos crecerá en América Central, únicamente superado por Nicaragua que se proyecta con números negativos (-2.0). Ademas, El Salvador se ubica casi un punto porcentual por debajo del crecimiento promedio de la región centroamericana, que se estima en 3.3%.

Descarga la base de datos “Proyección crecimiento económico Latam 2019”, que sirvió para elaborar este artículo – [Mega]

Fuente: Comisión Económica para América Latina y el Caribe